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viernes, 13 de julio de 2007

Seven Seconds

Cómo me gusta esta canción...

Boul ma sene, boul ma guiss madi re nga fokni mane
Khamouma li neka thi sama souf ak thi guinaw
Beugouma kouma khol oaldine yaw li neka si yaw
mo ne si man, li ne si mane moye dilene diapale

Roughneck and rudeness,
We should be using, on the ones who practice wicked charms
For the sword and the stone
Bad to the bone
Battle is not over
Even when it's won

And when a child is born into this world
It has no concept
Of the tone the skin is living in

It's not a second
But seven seconds away
Just as long as I stay
I'll be waiting
It's not a second
But seven seconds away
Just as long as I stay
I'll be waiting (x3)

J'assume les raisons qui nous poussent de changer tout
J'aimerais qu'on oublie leur couleur pour qu'ils espèrent
Beaucoup de sentiments de race qui font qu'ils désespèrent

Je veux les portes grandement ouvertes
Des amis pour parler de leur peine, de leur joie
Pour qu'ils leur filent des infos
Qui ne divisent pas changer

Seven seconds away
Just as long as I stay
I'll be waiting
It's not a second
But seven seconds away
Just as long as I stay
I'll be waiting(x3)

And when a child is born into this world
It has no concept
Of the tone the skin is living in

And there's a million voices
And there's a million voices
To tell you what she should be thinking

So you better sober up for just a second

Seven seconds away
Just as long as I stay
I'll be waiting
It's not a second
But seven seconds away
Just as long as I stay
I'll be waiting
It's not a second
But seven seconds away
Just as long as I stay
I'll be waiting

jueves, 3 de mayo de 2007

Un regalo flotando en el aire

Esta mañana, como todos los días desde que empecé las prácticas en la empresa, me levanté a las 6:30 AM (bueno, siempre apuro un poco el reloj...) y salí de casa hacia la parada del autobús.


Hoy no llovía como ayer, pero hacía bastante viento. Todo parecía mecerse involuntariamente con los resoplidos del viento, hasta las personas, como si quisieran resistirse pero no pudieran.

Diez minutos después de salir para Córdoba, empecé a sentirme mal. No sé, había dormido poco y tenía el estómago un poco raro. Y así estuve prácticamente todo el trayecto.

Pero, cuando estaba a punto de llegar a mi destino, y estabamos parados delante de un semáforo que parecía más avergonzado que rojo, dejé de mirar hacia la calzada a través de la ventanilla. Subí la mirada y allí estaban: unas cuarenta golondrinas se sostenían, haciendo piruetas caprichosas, en el aire.

Entonces me fijé que las golondrinas no soportaban el viento: jugaban con él.

En mi piso, generalmente, hay muchas golondrinas. A veces las miro y parecen muy ocupadas, atareadísimas, buscando ramitas y comida, de un lado para otro.

Pero esas golondrinas que flotaban bajo el manto azul no estaban haciendo nada.

Podrían estar relativamente lejos, pero, aún sin verlas de cerca, podría afirmar que estaban disfrutando. Algunas golondrinas jugaban a perseguirse; otras, aparecían más apartadas del grupo, flotando (Si, no se movían, tan solo flotaban gracias a la resistencia que sus alas ofrecían al viento) solitarias, y otras, subían y bajaban una y otra vez dibujando hélices en el aire.

Por un momento, me pareció que aquellas golondrinas disfrutaban de un día totalmente hedonista. Disfrutaban del viento, del aire.

Y de pronto me sentí muy bien. Hasta dejó de molestarme el estómago. Tal vez si hubiera forzado mis sentimientos, me hubiera observado a mí mismo, me hubiera dicho "¡No seas ñoño, joder!", y nunca hubiera escrito nada de esto. Pero esas golondrinas me hicieron sentir realmente bien.

Ya me gustaban antes las golondrinas. Hoy, después de todo esto, me gustan aún más.

jueves, 26 de abril de 2007

Mejor no saberlo

Imagino que no seré el único al que le ha pasado alguna vez: hay cosas que, a pesar de que en un principio desearíamos saber, cuando por fin las conocemos hubieramos preferido no saberlas.

Nooo, no me pasa nada (o al menos nada que venga a cuento escribir en un blog). Tan solo es una especie de observación. El otro día estaba pensando, y me dio por acordarme de una cosa que me pasó cuando un servidor disfrutaba de su cada vez menos inocente pubertad. Es una solemne tontería, pero en mi más que conocida costumbre de darle ocho millones de vueltas a las cosas, me sirvió como ejemplo acerca de lo que digo en el primer párrafo.

Estaba yo disfrutando de las merecidas vacaciones de navidad, y aún celebrando la llegada de un nuevo año, cuando, como todo niño en la tierna edad de los 12 años (joder, que lejos queda), tenía una sonrisa inversamente proporcional a los días que faltaban para los reyes. Ya le había echado yo el ojo a un posible regalo: una especie de juego didáctico que se llamaba Taller de Inventos.

¡Sí! Llevaba un mes y pico deseando tener el jueguecillo en mis manos y la fecha se acercaba. Y entonces, un 4 de enero, sucumbí ante oscuros pensamientos: ¡tenía que encontrar el regalo en mi casa! ¡tenía que asegurarme de que me lo habían comprado!

Total, que, aprovechando que mis padres habían salido de casa, me puse manos a la obra. Con sumo cuidado (todo el cuidado que se puede tener a los 12 años), me puse a rebuscar por el cuarto de mis padres, hasta que al final encontré mi regalo.

Mi regalo... al que solamente le eché una mirada para no delatar mi crímen. Mi regalo... que no era Taller de Inventos. Según lo que ví en el lateral de la caja, era una especie de CD interactivo sobre los dinosaurios. Aún recuerdo que, en ese preciso instante, me entró una desilusión tremenda.

Pero al cabo de un rato, pase al segundo estado: comprensión-aceptación. Cuando llegaron mis padres, y en un intento de arreglar algo (tal vez mi propia conciencia, quién sabe), le dije a mi padre algo así como que ya no quería con tanta desesperacion el Taller de Inventos.

Debí haber notado que eso le sentó a mi padre como una patada en el hígado. Llegó el día de reyes, y me levanté temprano (temprano de 12 años) a abrir mis regalos con una mezcla de emoción residual y resignación. ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando descubro que allí estaba, al lado del CD de los dinosaurios, el Taller de Inventos! Instantáneamente me sentí el niño más gilipollas del mundo. Resulta que el Taller de Inventos venía en un pack que, como extra, traía el CD de los dinosaurios.

Un gilipollas. Un tremendo gilipollas. Pero un gilipollas feliz.

Yo creo que a mi padre, tras verme ilusionado con el Taller de Inventos, se le pasó la preocupación. Al menos así lo espero.

Con esto cierro la historia de uno de los capítulos más gilipollas de mí vida. Enterrad esta historia bajo turba y sepultadla con toneladas de granito y hormigón, y que no vuelva a salir a la luz.

viernes, 16 de marzo de 2007

Dios de mí mismo

Siempre he dicho que adoro la música (aunque el concepto de música ultimamente está un poco distorsionado, para mi gusto).

Si me quitaran la música, no podría imaginarme mi vida. No se por qué: francamente no me he parado a pensarlo. Simplemente lo sé.

Tal vez sea una forma de evadirme, tal vez por sentir que me estoy enganchando a las alas de quien puso sus emociones más fuertes en una canción. Sentir que de pronto te ves inundado por una emoción evocada, de un tiempo y un lugar distintos, pero que no ha perdido su fuerza. Y de pronto te encuentras con la piel de gallina y con los ojos húmedos.

Yo tengo una guitarra. Hay quien dice que la toco bien (ignorantes... xD). Pero yo no toco con afán de ser perfecto. Me da igual si suena a murmullo de maná del cielo o a mierda. Cuando toco me siento bien. Por un momento, se une lo que hago con lo que oigo, con lo que disfruto, y entonces, no existe nada más.

Y entonces, soy dios de mí mismo.